Mi casa, su casa.
23/01/2012 por furiaMi familia vive del otro lado del Cerro de la Muerte. Cuando una ha hecho el recorrido milsetecientasochentaycinco veces en su vida, no se siente “tan lejos”. Me fui de Pérez Zeledón en el año 98. Y he querido volver durante los miles de años que llevo en San José. Por encima de todo, quiero volver allá cuando voy al super y las naranjas cuestan 70 colones la unidad. Y los huevos de pastoreo cuestan 2000 la docena. Y el queso de cabra no se puede pagar. Es verdad: en Pérez Zeledón no hay bares de moda, las películas llegan con semanas de atraso y hay que caminar incansablemente para conseguir una botella de vinagre balsámico. Cuesta encontrar un buen paquete de cocoa. Pero la tocineta ahumada crece en los patios de las casas y hay pescado fresco en el mercado.
En realidad soy bastante exagerada. San Isidro del General está en el top ten de lugares en los que no soy feliz: hace un calor endemoniado, gente desconocida se burla de quienes debemos ocultarnos debajo de un sombrero de ala ancha por nuestra alergia al sol, todas las muchachas tienen las piernas bronceadas y la ausencia casi total de hombres entre los 24 y los 45 años está lejos de ser un mito urbano de la capital. Soy bastante exagerada: en las afueras de San Isidro hay una colonia Amish de la que cada semana bajan señoras envueltas en vestidos de telas toscas y colores oscuros, cargadas de quesos hediondos y riquísimos, pedazos de pan ácido con cobertura de miel y otras tantas delicias que me sacan las lágrimas cuando las recuerdo. Las yemas de los huevos son anaranjadas como una puesta de sol. El calor hace que el orégano crezca en troncos tupidos y floreé varias veces al año. Hay hornos de barro a mi disposición. Y está la diminuta cocina de mi mamá, con sus canastas llenas de todo lo rico acomodadas en el piso: naranja agria, zucchinis tiernos, chayotes sazones, ajo por kilos, trenzas de cebolla, racimos de plátano. Aunque la diáspora de hijos comenzó en el año 95, mi papá sigue trayendo comida para una tropa a la casa de San Isidro.
Siempre seré bastante exagerada. Para lo bueno y para lo malo. Los fines de semana siempre siento un pequeño vacío en la boca del estómago: sé que no es otra cosa que la ausencia del almuerzo dominguero en casa de mi abuela materna. Yo estoy acá, a 3 horas de San Isidro. Y mi abuela murió hace 5 años. El almuerzo de fin de semana de mi mamá también tiene una nota de vacío en el estómago al final. Tal vez porque ella nunca se acostumbró a cocinar los domingos: los domingos eran día de pollo al horno, sopa de verduras y arroz con culantro coyote en la casa de mi abuela. Hasta el último día. Sábado y domingo se me suceden como los días más ajenos de la semana. Hasta hace dos o tres años, me sentía indefensa ante el mundo al mediodía del sábado, con una tarde/noche y un domingo completos por delante. Entonces me iba de fiesta desde el viernes, para dormir todo el día y llegar al lunes invicta, con el corazón en la mano.
Tal vez sueno exagerada. Hace un par de años me levanté un sábado sintiendo urgencia por esos huevos de yema anaranjada. Salí a la feria a buscar huevos frescos. Regresé a la casa y devoré tres con un buen pedazo de pan blanco y una taza de café. Encendí el horno y le dediqué las siguientes tres semanas a tratar de recrear el sabor del pollo de mi abuela, con los peores resultados posibles. Después me reconcilié para siempre con el fin de semana. Tanto que no puedo salir un viernes por la noche sin sentir que el sábado se me escapa de las manos 10 horas antes de comenzar. Y por primera vez en toda la historia, siento que un rincón del mundo es completamente mío. El sábado pasado, cuando mis papás llamaron por la mañana para avisarme que venían rumbo a Cartago, me di cuenta de algo que nunca me había detenido a pensar: me fui hace trece años de la casa de ellos, y ellos nunca vinieron a almorzar conmigo en todo ese tiempo. A veces mi mamá está en mi casa, y comemos juntas. A veces mi papá viene de paso y se queda a cenar. Pero nunca sentí mi casa tan mía como el sábado a la 1 pm cuando el carro de mi papá se detuvo frente a la cochera y les serví la mesa. Pasamos una linda tarde, que concluyó con copas de helado y cucharadas de fudge de cacao y coco.
Todo pasó extremadamente rápido. Tuve 55 minutos exactos para recoger la ropa sucia del piso, barrer la sala, limpiar la caja de la gata, acomodar el baño y preparar el almuerzo. Mientras hacía todo lo otro, puse a hervir un kilo de papas.
Pastel de vegetales con salsa bechamel
Herví las papas y preparé un puré rápido con 2 cucharadas de mantequilla y 1/4 de taza de leche. Ni siquiera les quité las cáscaras. El sábado es un buen día para cocinar, porque hay que hacer limpia para ir a la feria el domingo. Saqué de la nevera un paquete de hongos crimini y 1/2 rollo de espinacas. Hice un sofrito de hongos y ajo. Los hongos maduran el sabor a fuego medio, sin sal. Si se les pone sal se deshidratan en la sartén, dejando un charco inmanejable y perdiendo irremediablemente la mitad del sabor. En la misma sartén, pasé por el fuego las hojas de espinaca, apenas para que cristalizaran. Encendí el horno. En un molde refractario coloqué el puré de papas, una capa de hongos y otra de espinaca. En la misma sartén, derretí una cucharada de mantequilla y puse a calentar 1/2 taza de leche. Aparte, batí un huevo, 2 cucharadas de harina y 2 de queso parmesano rallado. Revolví esta mezcla con la leche tibia y la batí hasta que quedó bien espesa. Esta salsa es una delicia: se esponja en el horno como un pastelito de queso, y al cortarla sale un vaho tibio y aromático que es capaz de devolverle la vida a un muerto. Puse la salsa sobre el pastel y lo llevé al horno durante 10 minutos. Justo antes de sacarlo, lo doré durante un par de minutos más.
Ese fue el almuerzo, con ensalada verde y un sofrito de vegetales, aceite de ajonjolí y almendras tostadas. Mi papá no come nada de carne. De hecho, yo me revelé cuando me fui de su casa hace 13 años. Llegando no más a Brasil, con mi maleta de estudiante y solo 18 años, entré a un rodizio del que salí completamente intoxicada, y ahora siempre hago la broma de mal gusto frente a mis comensales “yo era vegetariana, pero me curé”. Pero de esos primeros años sin carne me quedó una enseñanza importante: comer sin carne también es rico. Bueno, no planeaba cansar a nadie con el cuento, me sabrán disculpar. Estuve muy feliz toda la tarde, comimos delicioso y recomiendo encarecidamente el pastel.
Provecho!



































