Hace unos días hice mi primera pasta casera rellena. Tardé horrores, por el asunto de la primera vez, pero felizmente todo salió lo mejor que podía salir y lo único malo es que estoy considerando no ir nunca más a la oficina para quedarme inventando rellenos y comiendo hasta ponerme como una bola. El asunto es bastante sencillo, una vez que se salta la primera barrera: la máquina de estirar pasta. Yo tenía una guardada en la gaveta desde el amigo secreto del año pasado, y decidí finalmente sacarla a riesgo de morir en el intento. Pero eso viene después. Primero, lo primero.

Esto fue mucho más sencillo de lo que yo pensaba, aunque todavía puedo sentir la textura de las yemas entre los dedos. Dos tazas de harina en una superficie limpia y plana. Un hueco en el centro de la harina. Ahí, usted pone 3 huevos enteros, más 1 pizca de sal disuelta en una cdita de agua. Comience a revolver de afuera hacia adentro, hasta que tenga una pasta de textura manejable y que no se pegue mucho en las manos. Ya teniendo un bollo de masa usted puede pasar a la parte técnica, que implica montar un aparato, leer las instrucciones sobre cómo se limpia y se usa, hacer varios intentos fallidos y, finalmente, lograr estirar la pasta.

Queda muy bonita. Las láminas son bastante finas, pero no tanto. Estuve a punto de abortar la misión un par de veces, porque esto requiere de paciencia y así. Y bueno, una vez que tiene su pieza estirada, la puede colocar sobre una superficie enharinada, para que no se le arme un pegatoste y se paseé en todo. De hecho, le recomiendo enharinar la superficie en la que va a colocar su pasta incluso antes de estirarla, para evitar desastres. Una cosa importante: no estire toda su pasta de una vez, a menos que su cocina tenga cientos de superficies planas y enharinadas para colocarla
Listo esto, comencé a cortar mi pasta, para rellenarla. Escogí un molde de galletas redondo, porque no tenía otras opciones más orientadas a la preparación de pasta, jeje.

Un detalle importantísimo, que al principio no consideré pero es básico y lógico, es que se le pueden pegar unas contra las otras estas tortitas. Pero si las enharina mucho, luego no le sirven… en fin. Trate de no ponerlas unas encima de las otras, y prepare su relleno para que comience a armar y no caiga en el abismo de la desesperación. Como yo me antojé de preparar pasta rellena un día cualquiera, no tenía nada pensado para meterle. Me puse a trastear y encontré unos tomates secos, queso crema, ajos, albahaca y unos trocitos de queso fresco. Eso era lo que había, y bueno, con eso hice el relleno. Primero puse los tomates a hervir un poquito para que suavizaran. Luego puse todo en el procesador de alimentos:

Luego rellenamos: una tortita, un poquito de relleno, otra tortita. Presionamos firmemente los bordes para sellarla y listo (bueno, casi listo, todavía hay que cocinarlas). Usted irá haciendo una y otra y otra y otra y otra… hasta, literalmente, el cansancio. Pero como somos víctimas del buen comer, eso no es taaaan importante, espero.

Notará que para este momento ya había oscurecido por completo, y las fotos comienzan a apestar. A favor de la pasta fresca está que se cocina rapidísimo, aunque usted dure un siglo preparándola. Esta que nos comimos ese día careció por completo de gracia porque ya cansada lo que se me ocurrió ponerle fue tomate. Digo, estaba rellena de tomate, por encima se le podía poner cualquier otra cosa, ¿no? Pero estaba rica -mucho más que en la foto, que es espantosa.

Decía que quedó deliciosa. Y al día siguiente en la oficina, en vez de tomate le puse por encima mantequilla derretida con ajo y queso parmesano. Y quedó aún más buena.
Ahora solo tengo como dos reflexiones finales, de tipo comience a hacer esta vaina sin hambre, porque sino le va fatal. Además, hay gente a la que no le gusta la pasta al huevo, por alguna extraña razón. Lo bueno es que el huevo se puede sustituir con agua, más o menos 3 cucharadas de agua hacen un huevo. Usté improvise, si ve que le falta harina, entonces le pone más, y así por el estilo. Con el relleno, se puede improvisar, y ahí sí que puede dejar volar su imaginación (yo no dejé volar mi imaginación, usé lo único que tenía).
Si se atreve, hágalo despacito, y acompáñelo con vino, para hacer menos dolorosa la espera
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